La mascarilla de Schrödinger

24 de mayo y día 75 de cuarentena para mí. Quedan tan solo unos minutos para que muera este domingo tonto y caluroso. También para que mi Madrid entre en fase 1. Si bien no manifestaré qué opinión me merece esta decisión, es oficial: comienza la desescalada para los gatos y el resto de habitantes de la capital.

A partir de mañana muchos más de los que ya lo hacen saldrán a las calles. Y lo harán ataviados con la mascarilla de rigor porque, desde el pasado jueves 21 de mayo, es obligatoria en todo el país; para todo aquel que tenga seis años o más y en el supuesto de no poder garantizar la distancia de seguridad de dos metros. Esto me ha llevado a pensar en el famoso gato de Schrödinger.

Sí, en aquella teoría del nobel austriaco Erwin Schrödinger que todos conocemos y no precisamente por ser expertos en física cuántica, sino por la paradigmática serie de televisión The Big Bang Theory. Concretamente, por aquel capítulo en el que Sheldon (Jim Parsons) la saca a colación con la noble misión de hacerle entender a su colega y compañero de piso Leonard (Johnny Galecki) que su historia con Penny (Kaley Cuoco) podría tener futuro o no tenerlo, y que la única manera de descubrirlo sería teniendo una primera cita.

La conclusión de Sheldon en este sentido era clara: el gato podría estar vivo o muerto, pero para comprobarlo había que abrir la caja. Lo mismo se aplicaba a la potencial atracción romántico-sexual de sus amigos.

Y lo mismo se aplica, en opinión de la que escribe estas líneas, a las mascarillas. Y es que esta medida de protección contra el coronavirus es una barrera física que se interpone entre la boca y la nariz, y el virus. No hay que ser virólogo para entender que manipularlas continuamente no es aconsejable: si las manos o los guantes entran en contacto con el Covid-19 (al abrir una puerta o pulsar el interruptor de un semáforo, por ejemplo) y luego tocan la mascarilla, podría contaminarse.

No puedo evitar preguntarme si son más contraproducentes que seguras. Si son obligatorias solo en un supuesto y se suben y bajan a discreción para retirlas y colocarlas según corresponda, lo que estamos haciendo es crear una falsa sensación de seguridad mientras acercamos a las zonas de contagio más sensibles un potencial foco del virus. De modo que, impepinablemente, las mascarillas son como el gato: si se manipulan en la calle y a la ligera podrían estar o no contaminadas.

A algunos, como nuestros profesionales de Correos, por motivos evidentes no les queda más remedio que estar en las calles y lidiar con el riesgo que supone manipularlas durante horas, aún teniendo el rigor de usar gel desinfectante previamente.

Otros, sin embargo, tenemos más suerte y podemos decidir. Podemos elegir ser metódicos, lo que implica seguir en cuarentena en la medida de lo posible y no fumarse un cigarro caprichoso en mal momento. Es lo mínimo que les debemos a todos aquellos que se baten el cobre ahí fuera para cuidar de nosotros. Y también a nuestros sanitarios, quienes están cada vez más desbordados y quemados, luchando por salvar nuestras vidas en precarias condiciones.

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