La crisis de los 30

9 de mayo y día 60 de cuarentena para mí. El Gobierno acaba de comunicar que Madrid no pasará a la fase 1 el próximo lunes 11. Quedan tan solo unos días para mi cumpleaños. Cumpliré treinta y lo haré, como tantas otras personas, en la fase 0 de la desescalada.

Confieso que nunca imaginé que la tercera década me recibiría de este modo tan extraño. Y es que es una de las más conflictivas para asumir, cuanto menos con este panorama. De hecho, los treinta tienen hasta su propia crisis, porque hacen las veces de puerta de entrada a la considerada adultez plena. Es entonces cuando oficialmente la sociedad deja de entenderte como jovencita inocente y te reconoce como mujer adulta. Como si en realidad hubiese una diferencia tangible entre los 29 y los 30.

Y aquí viene la trampa: oficialmente ya no eres una niña, pero eres una adulta insuficiente. Por un sinfín de razones, como no haberte inpendizado al considerarlo temerario tal y como está el mundo. Por no tener novio aún. Por tenerlo pero vivir sola y sin previsión de pasar por el altar. Por no querer ser madre o querer serlo más adelante mientras que el arroz se te está pasando. Por no tener trabajo. Por haber desaprovechado la vida estudiando mientras la cajera del súper cobra más. O, en su defecto, por haber renunciado a estudiar y seguir siendo la cajera del súper. El doble rasero, siempre presente.

Esta escena del 30 cumpleaños de Rachel Green (Jennifer Aniston en Friends) refleja muy bien esto que les cuento. Se llama presión social. Y así es precisamente como los recién llegados a la treintenta nos sentimos en la actualidad… Porque nuestros progenitores a estas alturas ya llevaban años casados y ejerciendo la paternidad, además de estar sobradamente ‘colocados’ en un oficio o profesión.

Como si los millennial no anhelásemos todo, o casi todo eso, y no hubiésemos trabajado duro para conseguirlo. Importante matiz el del casi, porque el amor es un contrato que sirve con y sin rúbricas. Y porque tener hijos no es una obligación, sino una decisión. Valga de nuevo el ejemplo de la actriz Jennifer Aniston, quién decidió no ser mamá, y no pasa nada.

Como si de nosotros dependiesen las crisis políticas, económicas y sanitarias, el sueldo medio en España, la mala praxis empresarial o el precio del alquiler y las hipotecas. Y es que, aunque forjemos nuestro propio destino, no podemos controlar el azar. Porque las circunstancias pesan: dónde nacimos, dónde crecimos, quién y cómo nos crió, qué educación recibimos, quién ha gobernado en nuestro país y si este tiene, o no, las arcas llenas. Y pesan aunque hayamos hecho todo lo que se supone debíamos para tener un futuro.

Que cada cual saque sus propias conclusiones. Sin más dilación, me despido. Adelanto que celebraré mi cumpleaños dentro de unos días y de la única manera que la necesaria cuarentena me permite: con una copa de vino en la mano, imaginando estar en mi café preferido de Malasaña. Porque al fin y al cabo los treinta solo se cumplen una vez.

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